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Libro XV. La quinta batalla junto a las naves

Mas solo uno, el joven Perifetes de Micenas, cayó, el hijo de Copero. En otro tiempo su padre fue emisario de Euristeo a la corte del poderoso Hércules. El hijo superó al padre en todos los dones del cuerpo y del espíritu, eminente en la velocidad, en la guerra, en el consejo entre los más nobles de su tierra. Su muerte trajo a Héctor nueva fama; pues al volverse, tropezando por azar con el borde de su rodela, que llegaba hasta el suelo —la rodela que había sido su defensa contra los dardos del enemigo—, cayó de espaldas, resonando espantosamente el yelmo en torno a sus sienes. Héctor lo vio, y acudió presuroso, y le traspasó el pecho con su lanza, ante sus compañeros de armas, quienes con dolor lo contemplaron, mas no osaron socorrerlo, tal era su pavor ante el noble Héctor.

Ahora los griegos se retiraron entre aquella fila de galeras que primero fueron varadas en la playa; el enemigo se abalanzó tras ellos en caliente persecución; de nuevo los griegos retrocedieron, forzados, y dejaron atrás aquella fila delantera, y se detuvieron junto a sus tiendas en estrecha formación, y no dispersos por el campamento, pues la vergüenza y el miedo los contenían, y sin cesar se animaban con gritos a mantenerse firmes con valor.

Principalmente Néstor de Gerenia, sabio en guiar los consejos de los griegos, los conjuró a todos, y en nombre de sus padres, a mantener su posición.

“Oh amigos, sed hombres; obrad de tal modo que ninguno se sienta avergonzado de mirar a los ojos de los demás. Piense cada uno en sus hijos y en su esposa, en su hogar, en sus padres, vivientes o ya muertos. Por ellos, los ausentes, os suplico, y os ordeno que os agrupeis aquí, y desdeñéis la huida.”

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