—Querida esposa, un mensaje del olímpico Jove ordena que me dirija a la flota y desde allí rescate a mi hijo masacrado con ofrendas que puedan apaciguar a Aquiles. Dime ahora: ¿Cómo te parece esto?, pues me mueve un fuerte impulso a acercarme a las naves y adentrarme en el gran campamento aqueo.
Él habló: su consorte lloró y le respondió de este modo:
«¡Ay de mí! La prudencia que antaño tan loada fue por extraños y por cuantos tu cetro reconocen, ¿dónde está ahora? ¿Por qué habrías de ir solo a las naves aquejas, a arrostrar la mirada de aquel que a tantos de tus valientes hijos dio muerte? De hierro es tu corazón. Si ese hombre falaz, implacable como es, te llegara a ver allí y te apresara, ni piedad ni respeto has de esperar de él. Llorémosle a nuestro Héctor en estos palacios. Un cruel destino hiló, cuando lo traje al mundo, su hilo vital: que lejos de nosotros su cuerpo alimentara a los perros junto a ese hombre feroz, cuyo hígado yo arrancaría de su pecho. Entonces las afrentas hechas a mi hijo quedarían pagadas, pues él no fue muerto rehuyendo el combate, a modo de cobarde, sino luchando para defender a los hombres de Troya y a las troyanas de pechos turgentes. Cayó sin pensar jamás en la huida ni en la retirada».
Y así el anciano rey, de estirpe divina, replicó: «No me detengas en mi marcha, ni seas ave de mal agüero en estos salones, pues no me persuadirás. Esto te digo: si alguno de los habitantes de la tierra, adivino, vidente o sacerdote, me hubiera dicho lo que he escuchado, bien podría haber tomado las palabras por mentira y no haberles hecho caso. Pero ya que escuché yo mismo el