«Troyanos y troyanas, apresuraos a ver a Héctor, si alguna vez os alegrasteis al verle volver vivo del campo de batalla, el orgullo de Troya y de cuantos en ella habitan».
Habló, y de pronto ni varón ni mujer quedaron ya dentro de los confines de la ciudad. Un profundo dolor se apoderó de todos; salieron al encuentro, cerca de las puertas, del monarca que traía a casa al muerto. Y primero la esposa a quien Héctor amaba se precipitó con su venerable madre hacia el carro mientras avanzaba, y, arrancándose los cabellos, tocaron con sus manos la frente del difunto, mientras la multitud se apretaba a su alrededor y lloraba, y habría llorado ante las puertas todo el día, aun hasta la puesta del sol, con amargo dolor por la pérdida de Héctor, de no haber sido porque el anciano se dirigió al pueblo desde su asiento en el carro: «Dejadme paso, y dejad que las mulas avancen, y podréis llorar a vgstro gusto una vez que el muerto sea depositado en el palacio». Como habló, la muchedumbre cedió y dejó pasar el carro; y habiéndolo llevado a las salas reales, sobre un hermoso lecho depositaron el cadáver y situaron junto a él a cantores, guías del endecha, que entonaron un canto melancólico y lúgubre, y todas las mujeres lo respondieron con sollozos. La de albos brazos Andrómaca tomó