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Libro XXI

Los otros dioses regresaron al cielo, unos airados, otros exultantes. Se sentaron junto al Padre de todos, aquel que oscurece el cielo con nubes amontonadas. Entre tanto, Aquiles perseguía y mataba a los troyanos y a sus corceles de paso firme. Como cuando el humo asciende al cielo desde una ciudad entregada por los dioses airados como presa del fuego, el trabajo es la suerte de todos, y la amarga pena el destino de muchos, tal era la pena y el trabajo causados por Aquiles a los hijos de Troya.

El anciano Príamo, desde una torre encumbrada, contemplaba al hijo de Peleo, de miembros robustos, recorrer el campo, y a todos los troyanos huyendo indefensos en medio del tumulto. Con un grito de dolor, descendió desde aquella alta posición hasta el suelo y dio orden a los hombres recios que se hallaban apostados para vigilar las puertas a lo largo del muro:⁠—

«Mantened las puertas abiertas para que la hueste en fuga entre en la ciudad; pues Aquiles viene, poniéndola en derrota, muy cerca ya, y podemos ver un estrago terrible. Pero cuando todas nuestras tropas estén ya

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