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Libro VIII

ambrosiales, y recostaron contra las brillantes paredes el carro; mientras Juno y Minerva andaban entre las otras deidades y tomaron su lugar sobre sus asientos de oro, aunque con el corazón triste. Luego con sus corceles, y en su carro de ruedas brillantes, vino Jove desde el Ida a la morada de los dioses en el Olimpo. Allí aquel que sacude las islas desató los corceles y llevó el carro a su sitio, y sobre él extendió su cubierta de lino fino. El Tronador se sentó sobre su trono de oro, temblando el gran Olimpo a su paso; mientras Juno y Minerva se sentaban aparte juntas, ni lo saludaban, ni preguntaban nada; mas él percibió sus pensamientos y dijo:⁠—

—¡Juno y Palas! ¿Por qué tan tristes? No mucho trabajasteis en gloriosa batalla para destruir a los troyanos, a quienes tenéis en amargo odio: esta fuerza mía, y este brazo invencible, no todos los dioses en el monte Olimpo pueden ponerlos en fuga, mientras

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