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Libro VIII

ciudades amuralladas, Aquiles. Bien, llegará el tiempo en que vuelva a llamarme otra vez su amada Minerva. Apresúrate ahora a yugar para nosotras tus corceles de firme paso, mientras en los salones de Júpiter portador de égida me ciño la armadura para la guerra⁠—y habré de ver si Héctor de casco radiante, el hijo de Príamo, se alegrará cuando aparezcamos de nuevo en el campo. Con certeza los hombres de Troya morirán, para hartar a las aves de rapiña y a los perros junto a la flota griega».

Ella terminó, y la de albos brazos, la diosa Juno, le obedeció.

Juno la augusta, la hija del poderoso Saturno, apresuradamente enjaezó a los corceles de bridas de oro.

Mientras tanto, Minerva, en el suelo del palacio de Júpiter, dejó caer la espléndida túnica de muchos matices que sus propias manos habían tejido y, vistiendo la cota de malla del Ametallador de Nubes, se quedó armada para la cruel guerra.

Y luego subió al glorioso carro y tomó en la mano la lanza —enorme, pesada, fuerte— con la que derriba a las apretadas falanges de hombres valientes cuandoquiera que esta hija del Todopoderoso se enoja.

Juno blandió el látigo e impulsó a los corceles hacia su velocidad.

Las puertas del cielo se abrieron ante ellos por su propia voluntad: puertas custodiadas por las Horas, sobre las que recae el cuidado del gran cielo y del Olimpo, para abrir o cerrar el muro de nubes. A través de ellas guiaron a sus impacientes corceles.

Desde el monte Ida, Júpiter contemplaba la escena con ira, e llamó a Iris de alas doradas, y le encomendó este recado: «¡Date prisa, rauda Iris! Hazlos retroceder; no permitas que así me desafien: no les corresponde trabar combate

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