“¡Glorioso Aquiles, amado de Júpiter! Ahora podremos, según espero, regresar por fin al ejército aqueo y a las naves con gloria, muerto Héctor, el terrible en la guerra. Escapar no puede, aunque el dios arquero Apolo se arroje con apasionada súplica a los pies de Júpiter, portador de la égida. Quédate aquí y respira un momento, mientras voy hacia él y lo atraigo aquí para que se enfrente contigo”.
Habló ella, y él obedeció, y de buena gana se quedó apoyado en el asta de fresno de su aguda lanza; mientras que, avanzando, Minerva dio alcance al noble Héctor. Bajo la apariencia externa, y con la fuerte voz de Deyífobo, se detuvo junto a él y le dirigió estas aladas palabras:
“Acosado te veo, hermano, por el veloz Aquiles, que, con pies que nunca descansan, te persigue en torno a los muros de la ciudad de Príamo. Mas hagamos alto y rechazémosle”.
Y luego le respondió el de penacho Héctor:
«Deífobo, siempre me has sido querido por encima de mis demás hermanos, hijos de Hécuba y Príamo. Ahora te honro aún más, ya que has visto mi apuro y por mí te has aventurado fuera de las puertas, mientras todos los demás permanecen dentro».
Y de nuevo habló Palas, la de ojos azules:
«¡Hermano! Es cierto que mi padre y la reina, mi madre, y mis compañeros, se abrazaron a mis rodillas por turno, y me suplicaron con fervor que no fuera, pues tal miedo se había apoderado de todos ellos; pero a mí me dolía tu suerte. Ahora combatamos con valor, y no escatimemos las armas que portamos, y sabremos si Aquiles, tras habernos dado muerte a ambos, llevará a las naves nuestro sangriento despojo, o si morirá él mismo, víctima de tu lanza».