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Libro XVII

Y cuando el que amontona las nubes, Jove, vio a Héctor apartado, revestido con las armas del hijo divino de Peleo, meneó la cabeza y se dijo a sí mismo:

“¡Desdichado! La muerte ya está cerca de ti, y sin embargo no piensas en ella para nada. Te vistes con la armadura celestial del terrible jefe ante quien los demás tiemblan; has matado a su amigo, el bravo y apacible, y le has quitado de los miembros la armadura para afrentarlo. No obstante, por el momento te concederé nuevos triunfos, ya que Andrómaca jamás recibirá de tus manos, cuando regreses del campo de batalla, la armadura de Pelida”.

Habló el hijo de Saturno y asintió con sus oscuras cejas. Bien le sentaba aquella cota de malla al cuerpo de Héctor. Entretanto, el dios de la guerra entró con toda su fiereza en el pecho de Héctor; un vigor fresco llenó y fortaleció su cuerpo; marchó a lo largo de las filas de sus renombrados aliados entre gritos; aquella brillante armadura lo hacía parecer el magnánimo hijo de Peleo. A todos ellos les habló por turno, alentando sus corazones: a Mestles, a Glauco y a Tersíloco, a Medón, a Deisenor y a Hipótoo, a Asteropeo, a Forcis, a Cromio y a Ennomo el augur; a estos el jefe los incitó al combate con aladas palabras:

“Oídme, gran concurso de aliados, habitantes de pueblos que nos rodean! No para hacer vasto en número a nuestro ejército envié a llamaros, a cada uno de su ciudad natal, sino para que vuestro valor voluntario defienda a las esposas e hijos de los hijos de Troya de los griegos atacantes. Por tanto, doy con generosidad de nuestros bienes en grandes regalos y banquetes, para que todos estéis satisfechos; y ahora que algunos de

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