empuja al combate. Ven pues, amigo mío, quédate a mi lado; mira si en esta ocasión me acobardo del conflicto, como tú dices, o si amanso el coraje de cualquier griego, el más valiente, que defiende al caído Patroclo».
Él habló, y, dando gritos, animó a los troyanos:
«¡Troyanos, licios y dardanos, avezados al combate cuerpo a cuerpo! Haced ver, amigos míos, que sois hombres y conserváis vuestro antiguo valor, mientras yo me ciño la gloriosa armadura del ilustre hijo de Peleo, arrebatada al difunto Patroclo».
Así habló el Héctor de penacho airoso, y se retiró de la cruenta lucha, y con paso veloz alcanzó a sus compañeros mientras se llevaban hacia la ciudad las gloriosas armas del hijo de Peleo.
Allí, apartado de aquel combate mortal, se detuvo, y se cambió la cota de malla. Dio la suya a sus compañeros, para que fuera llevada a la sacra Ilión, y se ciñó la armadura inmortal de Aquiles, hijo de Peleo, que los dioses del cielo concedieron a su padre, quien en su ancianidad las legó a Aquiles; mas el hijo nunca había de envejecer en esa armadura.