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Libro XXII

la lanza, mientras, confiado en matar Al noble Héctor, sobre su gloriosa figura Su veloz ojo corría, explorando dónde asestar La herida más segura. La refulgente cota de bronce Ganada al caído Patroclo guardaba bien Cada parte, salvo únicamente donde las clavículas Separan el hombro del cuello, y allí Aparecía la garganta, el lugar donde la vida está más En peligro. A través de esa parte el noble hijo De Peleo hincó su lanza; atravesó por completo El tierno cuello, y sin embargo la hoja de bronce No cortó la tráquea, y el poder de hablar Permaneció. El troyano cayó en medio del polvo, Y así Aquiles se vanaglorió de su caída:—

—Héctor, cuando al caído Patroclo le despojaste de su armadura, poco pensaste en el peligro. No temías entonces de mí, que no estaba cerca de ti para vengar su muerte. ¡Insensato! Quedaba junto a las naves espaciosas uno mucho más poderoso que él, que saldría como vengador de su sangre, para quitarte la vida. Inmundos perros y aves de rapresa desgarrarán tus carnes; los griegos le honrarán con ritos fúnebres.

Y luego el Héctor

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