Entonces Palas, hija del dios que lleva la égida, sobre el suelo del palacio paterno dejó caer en finos pliegues su túnica flotante de muchos colores, tejida por sus propias manos, y, vistiendo la coraza de Júpiter, el que amontona las nubes, quedó armada para las duras tareas de la guerra. Su hombro portaba la terrible égida de orla peluda, orlada de Terror. Allí estaba la Discordia, y allí la Fortaleza, y allí la fiera Persecución, y allí la cabeza de la Gorgona, visión macabra, deforme y terrible, y presagio de dolor cuando la lleva Júpiter. Sobre su cabeza puso un yelmo de oro con cuatro crestas y bello relieve, de fuerza tal que resistir podía los batallones armados de cien ciudades; luego subió a su carro brillante y tomó en la mano su lanza maciza, pesada y enorme, con la que enteras filas de héroes son abatidas ante la hija del Poderoso indignada contra ellos. Juno blandió el látigo y urgió rauda a los corceles. Ante su paso, sobre sonrientesicios, por propia voluntad, se abrieron de par en par las puertas del cielo, que por siempre las Horas custodian —ellas que guardan el monte Olimpo y el poderoso cielo, con potestad de abrir o cerrar su velo nublado—. Así a través de las puertas guiaron a los dóciles corceles, y hallaron a Saturnio, sentado aparte de los demás dioses, en la altura más alta del Olimpo de múltiples cumbres. Juno allí, la diosa de blancos brazos, detuvo las ruedas del carro y, dirigiéndose a Jove, le interrogó así:
“Oh, padre Júpiter, ¿no se enciende tu cólera ante las violentas acciones de Ares? Tú ves a cuántos aqueos ha dado muerte y a qué valientes varones. No, esto no debiera ser así.
Grande es mi dolor; pero Venus y el dios Febo, que lleva el arco de plata, se regocijan al ver a este maniático desmandado recorrer el campo y lo incitan.
Oh, padre Júpiter, ¿te enojarás conmigo si expulso a Ares, gravemente herido, del campo de batalla?”