¿Cómo reconozco el oro cuando lo veo? Si juzgo por las cualidades aparentes —color, ductilidad, gravedad específica, etc.—, puedo equivocarme, porque siempre puede existir una sustancia que al color, la ductilidad, la gravedad específica y otras cualidades especificadas, una otras que no esperamos.
De igual modo, si el hierro es magnético, como lo demuestra un experimento con objetos que responden a esos nombres, entonces todo el hierro es magnético, lo que significa que todas las piezas de materia son idénticas a la pieza que he tomado como suposición. Pero al intentar identificar el hierro, siempre estoy expuesto a equivocarme. Y esta propensión al error no es solo una cuestión de especulación.17
La historia de la química muestra que las inferencias más seguras pueden haber sido falsificadas por la confusión de una sustancia con otra. Así, la estroncia nunca se distinguió de la barita hasta que Klaproth y Haüy detectaron diferencias entre algunas de sus propiedades. En consecuencia, los químicos a menudo deben haber inferido acerca de la estroncia lo que solo era verdad respecto de la barita, y vice versâ. Ya no hay duda de que las sustancias descubiertas recientemente, el cesio y el rubidio, se confundieron durante mucho tiempo con el potasio.18 Otros elementos se han confundido a menudo entre sí; por ejemplo, el tantalio y el niobio; el azufre y el selenio; el cerio, el lantano y el didimio; el itrio y el erbio.
Aun las leyes más conocidas de la ciencia física no excluyen la falsa inferencia. Ninguna ley de la naturaleza ha sido mejor establecida que la de la gravitación universal, y creemos con la mayor confianza que cualquier cuerpo capaz de afectar los sentidos atraerá a otros cuerpos, y caerá a la tierra si no se lo impide. Euler observa que, aunque nunca había hecho la prueba con las piedras que componen la iglesia de Magdeburg, no tenía la menor duda de que todas ellas eran pesadas, y caerían si no estuvieran sostenidas. Pero añade que sería sumamente difícil dar una explicación satisfactoria de esta firme creencia.19 El hecho es que la creencia no debería llegar a ser certeza hasta que el experimento haya sido probado, y entretanto interviene una ligera cantidad de incertidumbre, porque no podemos estar seguros de que las piedras de la iglesia de Magdeburg se asemejen a otras piedras en todas sus propiedades.
De igual manera, ninguna de las verdades inductivas que los hombres han establecido, o creen haber establecido, está realmente a salvo de excepciones o revocaciones. Lavoisier, al sentar las bases de la química, se encontró con tantos casos que tendían a mostrar la existencia de oxígeno en todos los ácidos, que adoptó una conclusión general al respecto y, en consecuencia, ideó el nombre de oxígeno. No abrigaba ninguna duda apreciable de que el ácido presente en la sal marina también contena oxígeno;20 sin embargo, la experiencia posterior desmintió sus expectativas.
Este ejemplo se refiere a una ciencia en su infancia, en relación con los posibles logros del hombre. Pero todas las ciencias están y estarán siempre en su infancia, en relación con la extensión y complejidad del universo que se comprometen a investigar. Euler expresa poco menos que la verdad cuando afirma que sería imposible fijar un solo objeto real del que podamos tener un conocimiento tan perfecto como para ponernos a salvo del error.21
Podemos tener la absoluta certeza de que un cometa continuará desplazándose por una trayectoria similar si todas las circunstancias siguen siendo las mismas que antes; pero si omitimos esta amplia salvedad, nuestras predicciones estarán siempre expuestas a la posibilidad de ser refutadas por algún acontecimiento inesperado, como la división del cometa de Biela o la interferencia de un cuerpo gravitatorio desconocido.
La inferencia inductiva podría alcanzar la certeza si nuestro conocimiento de los agentes existentes en todo el universo fuera completo, y si estuviéramos al mismo tiempo seguros de que el mismo Poder que creó el