El químico no detecta el potasio reduciéndolo al estado de potasio metálico y observando después si posee todas las cualidades principales pertenecientes al potasio. De entre el número total de compuestos de potasio, selecciona aquella sal —a saber, el compuesto de cloruro de platino y potasio— que tiene el aspecto más distintivo, ya que es comparativamente insoluble y produce un precipitado peculiar, amarillo y altamente cristalino. En consecuencia, el potasio está presente siempre que este precipitado pueda producirse añadiendo cloruro de platino a una solución. El fino color púrpura o violeta que las sales de potasio comunican a la llama del soplete se había utilizado durante mucho tiempo como marca característica. Algunos otros elementos se detectaban fácilmente mediante la coloración de la llama del soplete: el bario producía un verde amarillento pálido y las sales de estroncio, un rojo vivo. Mediante el uso del espectroscopio, la luz coloreada emitida por un vapor incandescente hace que se obtengan marcas perfectamente características de los elementos contenidos en el vapor.
El diagnóstico parece ser idéntico al proceso denominado por los antiguos lógicos abscissio infiniti, el recorte de la parte infinita o negativa de un género cuando descubrimos por la observación que un objeto posee una diferencia particular. En cada paso de una división dicotómica, algunos objetos que poseen la diferencia caerán en la parte o especie afirmativa; todos los objetos restantes del mundo caen en la parte negativa, que tendrá una extensión infinita. El diagnóstico consiste en el rechazo sucesivo para su consideración posterior de aquellas clases infinitas con las que el espécimen en cuestión no coincide.
# Clasificaciones de índices.
Bajo la clasificación podemos incluir todas las disposiciones de objetos o nombres que hacemos para ahorrar trabajo en el descubrimiento de un objeto. Incluso los índices alfabéticos son clasificaciones reales.
Ninguna disposición de este tipo puede ser útil a menos que implique alguna correlación de circunstancias, de modo que, al conocer una cosa, aprendemos otra. Si simplemente colocamos cartas en los casilleros de un bargueño, establecemos una correlación, pues todas las cartas en el primer casillero estarán escritas por personas, por ejemplo, cuyos nombres empiezan con A, y así sucesivamente.
Conociendo entonces la letra inicial del nombre del escritor, conocemos también el lugar de la carta, y el trabajo de búsqueda se reduce así a la veintiseisava parte de lo que sería sin ordenación.
Ahora bien, el propósito de un catálogo es descubrir el lugar en el que se ha de encontrar un objeto; pero el arte de catalogar implica consideraciones lógicas de cierta importancia.
Queremos establecer una correlación entre el lugar de un objeto y alguna circunstancia del objeto que nos permita remitirnos a él con facilidad; esta circunstancia debe ser, por tanto, la que con más facilidad permanezca en la memoria de quien busca.
Una pieza de poesía se recordará mejor por su primer verso, y el nombre del autor será la siguiente circunstancia más precisa; un catálogo de poesía debe, por lo tanto, ordenarse alfabéticamente según la primera palabra de la pieza, o el nombre del autor, o, mucho mejor, de ambas maneras.
Sería imposible ordenar los poemas según sus temas, tan vagos y mezclados resultan ser estos cuando se intenta.