Entre la brillante y explosiva descarga de una nube de tormenta y la corriente suave y continua producida por dos trozos de metal y algo de ácido diluido, no hay en absoluto ninguna analogía aparente. Fue, por tanto, una labor de gran importancia cuando Faraday demostró la identidad de las fuerzas en acción, al mostrar que la electricidad estática común descomponía el agua al igual que la de la pila voltaica. La relación entre los fenómenos quedó clara cuando logró demostrar que se requerirían 800.000 descargas de su gran batería de Leyden para descomponer un solo grano de agua. Se vio entonces que el relámpago era electricidad de tensión excesivamente alta, pero de cantidad sumamente pequeña, siendo la diferencia algo análoga a la existente entre la fuerza de un millón de galones de agua cayendo un pie, y un galón de agua cayendo un millón de pies. Faraday calculó que un grano de agua actuando sobre cuatro granos de zinc produciría la electricidad suficiente para una gran tormenta.
Se creía durante mucho tiempo que los conductores y los aislantes eléctricos pertenecían a dos clases opuestas de sustancias. Entre la rapidez inconcebible con la que la corriente atraviesa un hilo de cobre puro y la manera aparentemente completa en que la detiene un fino tabique de gutapercha o laca, parecía no haber parecido alguno. Faraday volvió a esforzarse con éxito por demostrar que éstos no eran más que los casos extremos de una cadena de sustancias que varían en todos los grados en sus capacidades de conducción. Incluso los mejores conductores, como el cobre o la plata puros, oponen resistencia a la corriente eléctrica. Los demás metales poseen capacidades de resistencia considerablemente mayores, y descendemos gradualmente a través de óxidos y sulfuros. Los mejores aislantes, por otro lado, permiten una inducción atómica que es el antecedente necesario de la conducción. De ahí que Faraday infiriera que, seamos capaces de medir el efecto o no, todas las sustancias descargan electricidad en mayor o menor medida.14 Una consecuencia de esta doctrina debe ser que cada descarga de electricidad produce una corriente inducida. En el caso de la corriente galvánica común podemos detectar fácilmente la corriente inducida en cualquier hilo paralelo u otro conductor vecino, y podemos separar las corrientes opuestas que surgen en los momentos en que la corriente original comienza y termina. Pero una descarga de electricidad de alta tensión como el rayo, aunque ciertamente ocupa un tiempo y tiene un principio y un fin, dura sin embargo una fracción tan minúscula de segundo que sería inútil intentar detectar y separar las dos corrientes inducidas opuestas, que son casi simultáneas y se anulan exactamente entre sí. De este modo se disuelve una aparente falta de analogía y se nos proporciona otro ejemplo de un fenómeno incapaz de ser observado y que, sin embargo, se sabe teóricamente que existe.15
Quizás el caso más extraordinario de la detección de una continuidad imprevista se encuentra en el descubrimiento de Cagniard de la Tour y el profesor Andrews, de que los estados líquido y gaseoso de la materia no son más que puntos distantes en un curso continuo de cambio. Nada hay, a primera vista, más aparentemente distinto que el estado físico del agua y del vapor acuoso. En el punto de ebullición se produce una ruptura total de la continuidad, y el gas generado está sujeto a leyes incomparablemente más simples que el líquido del cual se originó. Pero Cagniard de la Tour demostró que si mantenemos un líquido bajo la presión suficiente, su punto de ebullición puede elevarse indefinidamente, y aun así el líquido acabará por adoptar el estado gaseoso con apenas un pequeño aumento de volumen. El profesor Andrews, siguiendo recientemente esta línea de investigación, ha demostrado que el ácido carbónico líquido puede, a una temperatura determinada (30°·92 C.), y bajo una presión de 74 atmósferas, hallarse al mismo tiempo en un