El telégrafo eléctrico era un sueño visionario entre los físicos medievales;20 apenas ha dejado de suscitar nuestro asombro; para nuestros descendientes siglos más tarde probablemente parecerá inferior en ingenio a algunos inventos que ellos poseerán. Ahora bien, todo fenómeno extrañó puede ser un resorte secreto que, si se toca adecuadamente, abrirá la puerta a nuevas cámaras en el palacio de la naturaleza. Rehusarse a creer en la ocurrencia de cualquier cosa extraña equivaldría a desdeñar las más preciosas oportunidades de descubrimiento. Podemos decir con Hooke, que «el creer que las cosas extrañas son posibles puede ser quizás la ocasión de reparar en tales cosas que otro pasaría por alto sin prestarles atención por considerarlas inútiles». No debemos, por consiguiente, cerrar los oídos ni siquiera a historias tan aparentemente absurdas como las relativas a la segunda vista, la clarividencia, el magnetismo animal, la fuerza ódica, las mesas giratorias o cualquiera de las ilusiones populares que de vez en cuando circulan. Los hechos consignados sobre estas cuestiones son hechos en algún sentido u otro, y exigen una explicación, ya sea como nuevos fenómenos naturales o como resultados de la credulidad y la impostura. La mayoría de los supuestos fenómenos a los que se alude han sido, o por una investigación cuidadosa sin duda serían, adscritos a este último rubro, y la ausencia de capacidad científica en muchos de quienes los describen es suficiente para arrojar dudas sobre su valor.
Ha de recordarse que, según el principio del método inverso de la probabilidad, la probabilidad de cualquier explicación hipotética se ve afectada por la probabilidad de cada una de las demás explicaciones posibles.
Si no se pudiera sugerir ninguna otra explicación razonable, nos veríamos obligados a considerar las manifestaciones espiritistas como indicios de causas misteriosas. Pero tan pronto como se demuestra que se ha cometido fraude en varios casos importantes, y que en otros casos personas en un estado mental crédulo y excitado se han engañado a sí mismas, la probabilidad de que explicaciones similares puedan aplicarse a la mayoría de las manifestaciones semejantes se vuelve muy considerable.
Las actuaciones de los ilusionistas demuestran suficientemente que no se requiere una gran habilidad para realizar trucos cuyo modus operandi escape por completo a la atención de los espectadores. Es sobre estas bases de probabilidad que debemos rechazar las llamadas historias espiritistas, y no simplemente porque sean extrañas.
Ciertamente, en los oscuros fenómenos de la mente, los relativos a la memoria, los sueños, el sonambulismo y otros estados peculiares del sistema nervioso, hay muchos hechos inexplicables y casi increíbles, y resulta igualmente poco filosófico creer en ellos o dejar de creer sin pruebas claras.
Hay muchos hechos también, concernientes a los instintos de los animales y al modo en que encuentran su camino de un lugar a otro, que por el momento son del todo inexplicables.
Sin duda hay muchas cosas extrañas con las que ni sueña nuestra filosofía, pero esto no es motivo para que debamos creer en cualquier cosa extraña que se cuente que ha sucedido.