Su noción del método científico era una especie de contabilidad científica. Los datos debían ser reunidos indiscriminadamente de cualquier fuente y asentados en un libro mayor, del cual emergería con el tiempo un balance de la verdad. Es difícil imaginar un modo menos probable de llegar a grandes descubrimientos. Cuanto mayor es el despliegue de datos, menor es la probabilidad de que mediante cualquier sistema rutinario de clasificación revelen las leyes de la naturaleza que encarnan. La clasificación exhaustiva en todos los órdenes posibles está fuera de lugar, porque los órdenes posibles son prácticamente infinitos en número.
Es ante la mirada de la mente filosófica donde los hechos deben desplegar su significado y ordenarse lógicamente.
El filósofo natural debe poseer, por lo tanto, en primer lugar, una mente de carácter impresionable, que se vea afectada por el más mínimo fenómeno excepcional.
- Sus facultades de asociación e identificación deben ser grandes, es decir, un hecho extraño debe sugerir a su mente cualquier otro de naturaleza similar que haya llegado previamente a su experiencia.
- Su imaginación debe ser activa y presentar ante su mente multitud de relaciones en las que los hechos inexplicables puedan encontrarse potencialmente entre sí, o en relación con hechos más comunes.
- Deben entrar en juego entonces unas facultades de razonamiento deductivo seguras y vigorosas, que le permitan inferir lo que sucederá bajo cada condición supuesta.
- Por último, y por encima de todo, debe existir el amor por la certeza que lo conduzca de manera diligente y con absoluta franqueza a contrastar sus especulaciones con la prueba de los hechos y la experiencia.
# Libertad de teorizar.
Sería un error suponer que el gran descubridor se apodera de inmediato de la verdad, o que posee algún método infalible para adivinarla. Con toda probabilidad, los errores de la gran mente superan en número a los de la menos vigorosa.
La fertilidad de la imaginación y la abundancia de conjeturas sobre la verdad se cuentan entre los primeros requisitos del descubrimiento; pero las conjeturas erróneas deben ser muchas veces más numerosas que aquellas que resultan bien fundadas.
Las analogías más débiles, las nociones más caprichosas, las teorías en apariencia más absurdas, pueden cruzar por el cerebro fecundo, sin que quede registro de más de la centésima parte.
No hay nada verdaderamente absurdo excepto aquello que resulta contrario a la lógica y a la experiencia. Las teorías más verdaderas implican suposiciones que son inconcebibles, y no se puede poner límite real a la libertad de hipótesis.
Kepler es un ejemplo extraordinario a este respecto. Ninguna ley menor de la naturaleza está más firmemente establecida que aquellas que él descubrió acerca de las órbitas y los movimientos de las masas planetarias, y sobre estas leyes empíricas se fundó la teoría de la gravitación. Si no hubiéramos aprendido de sus propios escritos la multitud de errores en los que cayó, podríamos haber imaginado que poseía alguna facultad especial para aferrarse a la verdad. Pero, como es bien sabido, estaba