cuando, en verdad, dichos acontecimientos no estén sujetos a una interferencia arbitraria.
Debe comprenderse claramente que estas probabilidades son únicamente aquellas que surgen del mero acaecimiento de los acontecimientos, con independencia de cualquier conocimiento derivado de otras fuentes sobre dichos acontecimientos o sobre las leyes generales de la naturaleza.
Todo nuestro conocimiento de la naturaleza se funda, en efecto, de manera semejante en la observación, y por lo tanto es únicamente probable. La ley de la gravedad misma es solo probablemente verdadera. Pero cuando una serie de hechos diferentes, observados bajo las circunstancias más diversas, se hallan armonizados bajo una supuesta ley de la naturaleza, la probabilidad de la ley se aproxima estrechamente a la certeza.
Cada ciencia descansa sobre tantos hechos observados, y deriva tanto apoyo de las analogías o conexiones con otras ciencias, que son comparativamente pocos los casos en los que nuestro juicio sobre la probabilidad de un acontecimiento depende enteramente de unos pocos acontecimientos antecedentes, desconectados del cuerpo general de la ciencia física.
Los acontecimientos, por otra parte, pueden exhibir a menudo una regularidad de sucesión o una preponderancia de carácter que la simple fórmula no tendrá en cuenta. Por ejemplo, la mayoría de los elementos descubiertos recientemente son metales, por lo que la probabilidad de que el próximo descubrimiento sea el de un metal es, sin duda, mayor de lo que calculamos (p. 258).
En las regiones más distantes del sistema planetario hay indicios de perturbación que nos impedirían confiar demasiado en cualquier inferencia basada en el orden predominante de los planetas conocidos respecto a aquellos otros no descubiertos que posiblemente existan a grandes distancias. Estas y todas las complicaciones semejantes no invalidan en absoluto la verdad teórica de las fórmulas, pero dificultan mucho su correcta aplicación.
Se han planteado objeciones erróneas a la teoría de la probabilidad, bajo el argumento de que no debemos fiarnos de nuestras concepciones a priori sobre lo que es probable que ocurra, sino que siempre debemos esforzarnos por obtener datos experimentales precisos que nos sirvan de guía.22
Este proceder, sin embargo, es perfectamente coherente con la teoría, que es nuestra mejor y única guía, cualesquiera que sean los datos de que dispongamos. Debemos aplicar siempre el método inverso de las probabilidades para tener en cuenta toda información adicional.
Cuando lanzamos una moneda al aire por primera vez, probablemente ignoramos por completo si tiende más a caer con la cara o con la cruz hacia arriba, y por tanto debemos asumir que la probabilidad de cada suceso es 1/2. Pero si sale cara en el primer lanzamiento, ahora tenemos una evidencia experimental muy leve a favor de una tendencia a mostrar cara. La probabilidad de que salgan dos caras es ahora ligeramente mayor que 1/4, que es lo que parecía ser al principio,23 y a medida que seguimos lanzando la moneda una y otra vez, la probabilidad de que salga cara la próxima vez varía constantemente en un grado leve según la naturaleza de nuestra experiencia previa.
Como señala Laplace, siempre debemos tener en cuenta tales consideraciones en la vida ordinaria. Los acontecimientos, cuando se examinan de cerca, casi nunca resultan ser totalmente independientes, y el más mínimo predominio en un sentido u otro constituye cierta prueba de conexión y, a falta de mejor evidencia, debe tenerse en cuenta.