puedan reconocer claramente la relación de descendencia entre un gran grupo de formas vivas. Es, por consiguiente, un gran alivio para la mente del naturalista cuando da con un grupo definido con precisión, como el de las Diatomaceæ, que están claramente separadas de sus parientes más cercanos, las Desmidiaceæ, por su armazón silíceo y la ausencia de clorofila. Pero ya no debemos pensar que, porque fracasemos en detectar la constancia de carácter, la culpa es de nuestras ciencias de la clasificación. Allí donde realmente exista una gradación de caracteres, debemos dedicarnos a definir y registrar los grados y límites de dicha gradación. La disposición natural definitiva carecerá a menudo de líneas fuertes de demarcación.
Formen también los naturalistas sus sistemas de clasificación natural con todo el esmero posible, y aun así ocurrirá sin duda de vez en cuando que se descubran formas nuevas y excepcionales de animales o vegetales, las cuales requerirán la modificación del sistema.
Un sistema natural se orienta, como hemos visto, al descubrimiento de leyes empíricas de correlación, pero estas leyes, al ser puramente empíricas, serán falsadas con frecuencia por investigaciones más amplias.
De tiempo en tiempo, las nociones de los naturalistas se han visto enormemente ampliadas, especialmente en el caso de los animales y plantas de Australia, por el descubrimiento de combinaciones inesperadas de órganos, y tales acontecimientos deberán suceder a menudo en el futuro.
Si en verdad llega el tiempo en que todas las formas de plantas sean descubiertas y descritas con exactitud, la ciencia de la Botánica Sistemática se situará entonces en una posición nueva y más favorable, tal como señaló Alphonse Decandolle.31