Es sin duda una casualidad fortuita que los antiguos notaron entre las siete vocales, las siete cuerdas de la lira, las siete Pléyades y los siete jefes en Tebas.27 Los accidentes relacionados con el número siete han extraviado al intelecto humano a lo largo del período histórico. Pitágoras imaginó una conexión entre los siete planetas y los siete intervalos del monocordio. Los alquimistas nunca se cansaron de sacar deducciones de la coincidencia numérica entre los siete planetas y los siete metales, por no hablar de los siete días de la semana.
Se señaló una circunstancia singular acerca de las dimensiones de la tierra, el sol y la luna: el diámetro del sol era casi exactamente 110 veces mayor que el diámetro de la tierra, mientras que en casi exactamente la misma proporción la distancia media de la tierra era mayor que el diámetro del sol, y la distancia media de la luna a la tierra era mayor que el diámetro de la luna. La coincidencia era tan estrecha que podría haber resultado ser algo más que casual, pero su carácter fortuito se muestra ahora con suficiente claridad por el hecho de que la coincidencia deja de ser notable cuando adoptamos las dimensiones corregidas del sistema planetario.
Un número considerable de los elementos tienen pesos atómicos que son aparentemente múltiplos exactos del del hidrógeno. Si esto no ha de ser una ley que finalmente se extienda a todos los elementos, como suponía Prout, es una coincidencia de lo más notable.
Pero, como he observado, no tenemos medios para discriminar absolutamente las coincidencias accidentales de aquellas que implican una causa profunda que las produce. Una coincidencia debe ser muy fuerte en sí misma, o bien debe estar corroborada por alguna explicación o conexión con otras leyes de la naturaleza.
Jamás se prestó gran atención a la coincidencia relativa a las dimensiones del sol, la tierra y la luna, porque no era muy fuerte en sí misma y no tenía una conexión aparente con los principios de la astronomía física. La ley de Prout reviste mayor probabilidad porque pondría la constitución de los elementos mismos en estrecha relación con la teoría atómica, representándolos como formados a partir de una sustancia más simple.
En las cuestiones históricas y sociales se señalan con frecuencia coincidencias que se deben al azar, aunque siempre existe una fuerte tendencia popular a considerarlas obra del diseño o a suponer que encierran algún significado oculto.
Si a 1794, el número del año en que cayó Robespierre, le sumamos la suma de sus dígitos, el resultado es 1815, el año en que cayó Napoleón; la repetición del proceso da 1830, el año en que abdicó Carlos X.
Asimismo, la Cámara de Diputados francesa, en 1830, constaba de 402 miembros, de los cuales 221 formaban el partido llamado «La queue de Robespierre», mientras que los restantes, en número de 181, se denominaban «Les honnêtes gens». Si asignamos a cada letra un valor numérico correspondiente a su lugar en el alfabeto, se descubrirá que la suma de los valores de las letras de cada nombre indica exactamente el número de integrantes de dicho partido.
Podrían aducirse muchas coincidencias de este tipo, a menudo de carácter muy curioso, y la probabilidad en contra de que ocurra cada una de ellas es enormemente grande. Deben atribuirse al azar, porque no puede demostrarse que tengan la más mínima conexión con las leyes generales de la naturaleza; sin embargo, a menudo se observa que las personas se ven muy influenciadas por tales coincidencias, considerándolas como evidencia de fatalidad, es decir, de un sistema de causalidad que rige los asuntos humanos independientemente de las leyes ordinarias de la naturaleza.
Recuérdese que en la vida hay un número infinito de oportunidades para que se presente alguna extraña coincidencia, por lo que es de esperar que a veces ocurran conjunciones notables.