Volviendo por un breve espacio a los animales: varias especies terrestres son hermafroditas, como los moluscos terrestres y las lombrices de tierra; pero todas ellas se aparean. Hasta ahora no he encontrado un solo animal terrestre que pueda autofecundarse.
Este hecho notable, que ofrece un contraste tan fuerte con las plantas terrestres, se comprende bajo la perspectiva de que un cruce ocasional es indispensable; pues, debido a la naturaleza del elemento fecundador, no hay medios, análogos a la acción de los insectos y del viento en las plantas, mediante los cuales pudiera efectuarse un cruce ocasional en los animales terrestres sin la concurrencia de dos individuos.
De los animales acuáticos, hay muchos hermafroditas autofecundadores; pero aquí las corrientes de agua ofrecen un medio evidente para un cruce ocasional.
Como en el caso de las flores, hasta ahora no he logrado, tras consultar con una de las máximas autoridades, a saber, el profesor Huxley, descubrir un solo animal hermafrodita con los órganos de reproducción tan perfectamente encerrados que pueda demostrarse que el acceso desde el exterior y la influencia ocasional de un individuo distinto son físicamente imposibles.
Los cirrípedos me parecieron durante mucho tiempo presentar, bajo este punto de vista, un caso de gran dificultad; pero he podido, por una feliz casualidad, demostrar que dos individuos, aunque ambos sean hermafroditas autofecundadores, a veces se cruzan.
Debe de haber llamado la atención de la mayoría de los naturalistas como una extraña anomalía el hecho de que, tanto en los animales como en las plantas, algunas especies de la misma familia, e incluso del mismo género, aunque coincidan estrechamente entre sí en toda su organización, sean hermafroditas, y algunas unisexuales.