Pero la causa principal de nuestra repugnancia natural a admitir que una especie ha dado origen a otras especies distintas es que siempre somos lentos en admitir cualquier gran cambio cuyos pasos no vemos.
La dificultad es la misma que la experimentada por tantos geólogos cuando Lyell insistió por primera vez en que largas líneas de acantilados interiores habían sido formadas, y grandes valles excavados, por los agentes que todavía vemos en acción.
La mente no puede abarcar de ningún modo el significado pleno del término ni siquiera de un millón de años; no puede sumar y percibir los efectos totales de muchas ligeras variaciones, acumuladas durante un número casi infinito de generaciones.
Aunque estoy plenamente convencido de la verdad de las opiniones expuestas en este volumen bajo la forma de un resumen, no espero de ningún modo convencer a los naturalistas experimentados cuyas mentes están atiborradas de una multitud de hechos contemplados todos, durante un largo curso de años, desde un punto de vista directamente opuesto al mío. Es tan fácil ocultar nuestra ignorancia bajo expresiones tales como «plan de creación», «unidad de diseño», etc., y pensar que damos una explicación cuando solo reexpresamos un hecho. Cualquier persona cuya disposición la lleve a conceder más peso a las dificultades inexplicadas que a la explicación de un cierto número de hechos rechazará sin duda la teoría. Unos pocos naturalistas, dotados de gran flexibilidad mental y que ya han comenzado a dudar de la inmutabilidad de las especies, podrán verse