He explicado ya cómo, según creo, se ha originado el maravilloso hecho de la existencia de dos castas netamente definidas de obreras estériles en el mismo nido, ambas sumamente diferentes entre sí y de sus padres.
Podemos comprender cuán útil puede haber sido su producción para una comunidad social de hormigas, basándonos en el mismo principio por el cual la división del trabajo es útil para el hombre civilizado. Las hormigas, sin embargo, trabajan por instintos heredados y mediante órganos o herramientas heredados, mientras que el hombre trabaja por conocimiento adquirido e instrumentos fabricados.
Pero debo confesar que, a pesar de toda mi fe en la selección natural, jamás habría previsto que este principio pudiera haber sido eficaz en un grado tan elevado, de no haberme conducido a esta conclusión el caso de estos insectos neutros. He analizado, por consiguiente, este caso, de manera un tanto breve pero del todo insuficiente, para mostrar el poder de la selección natural y también porque esta es, con mucho, la dificultad especial más grave con la que ha tropezado mi teoría.
El caso es también muy interesante, ya que prueba que en los animales, al igual que en las plantas, se puede efectuar cualquier grado de modificación mediante la acumulación de numerosas variaciones espontáneas y leves, que resulten provechosas de cualquier modo, sin que hayan entrado en juego el uso o el hábito. Pues los hábitos peculiares, limitados a las obreras o hembras estériles, por mucho tiempo que se practicasen, no podrían afectar en absoluto a los machos y a las hembras fértiles, que son los únicos que dejan descendencia.
Me sorprende que nadie haya esgrimido este caso demostrativo de los insectos neutros en contra de la conocida doctrina de la herencia de los hábitos, tal como la formuló Lamarck.