he sentido la dificultad con demasiada agudeza como para extrañarme de que otros duden en extender el principio de la selección natural hasta un punto tan
Apenas es posible evitar comparar el ojo con un telescopio. Sabemos que este instrumento ha sido perfeccionado mediante los esfuerzos prolongados de los más altos intelectos humanos; y naturalmente inferimos que el ojo ha sido formado por un proceso algo análogo. ¿Pero no podrá ser presuntuosa esta inferencia? ¿Tenemos algún derecho a suponer que el Creador obra mediante facultades intelectuales semejantes a las del hombre? Si hemos de comparar el ojo con un instrumento óptico, deberíamos imaginar que tomamos una gruesa capa de tejido transparente, con espacios llenos de líquido, y con un nervio sensible a la luz debajo, y suponer luego que cada parte de esta capa cambia continuamente y con lentitud en su densidad, de modo de separarse en capas de diferentes densidades y espesores, colocadas a distintas distancias unas de otras, y con las superficies de cada capa cambiando lentamente de forma. Además, debemos suponer que existe una fuerza, representada por la selección natural o la supervivencia del más apto, que vigila siempre atentamente cada ligera alteración en las capas transparentes y preserva cuidadosamente cada una que, bajo circunstancias variadas, en cualquier forma o grado, tienda a producir una imagen más nítida. Debemos suponer que cada nuevo estado del instrumento se multiplica por millones; que cada uno se preserva hasta que se produce uno mejor, y que entonces los viejos son todos destruidos. En los cuerpos vivos, la variación originará la ligera alteración, la generación las multiplicará casi infinitamente, y la selección natural escogerá con habilidad infalible cada mejora.