Pudiera haberse pensado (y en la antigüedad se pensó) que aquellas partes de la estructura que determinan los hábitos de vida y el lugar general de cada ser en la economía de la naturaleza serían de máxima importancia para la clasificación. Nada puede ser más falso. Nadie considera de importancia alguna la semejanza externa entre un ratón y una musaraña, entre un dugongo y una ballena, o entre una ballena y un pez. Estas semejanzas, aunque tan íntimamente ligadas a toda la vida del ser, se clasifican meramente como «caracteres adaptativos o analógicos»; pero volveremos a considerar estas semejanzas. Puede incluso darse como regla general que cuanto menos afecte una parte de la organización a los hábitos especiales, más importante se vuelve para la clasificación. A modo de ejemplo, Owen, al hablar del dugongo, dice: «Los órganos genitales, por ser aquellos que guardan menor relación con los hábitos y el alimento de un animal, siempre los he considerado como los que ofrecen indicaciones muy claras de sus verdaderas afinidades. Es menos probable que en las modificaciones de estos órganos confundamos un carácter meramente adaptativo con uno esencial». En las plantas, ¡qué notable es que los órganos de vegetación, de los que dependen su nutrición y su vida, tengan escasa importancia, mientras que los órganos de reproducción, junto con su producto —la semilla y el embrión—, sean de una importancia primordial! Así también, al debatir anteriormente ciertos caracteres morfológicos que no son funcionalmente importantes, hemos visto que a menudo son de la máxima utilidad en la clasificación. Esto depende de su constancia a través de muchos grupos emparentados; y su constancia depende principalmente de que la selección natural —que actúa únicamente sobre los caracteres útiles— no haya preservado ni acumulado ligeras desviaciones.
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