Pero el desuso y la selección actuarán generalmente sobre cada criatura cuando ha llegado a la madurez y tiene que desempeñar su papel completo en la lucha por la existencia, y tendrán así poco poder sobre un órgano durante la primera etapa de la vida; de ahí que el órgano no se reduzca ni se vuelva rudimentario a esta temprana edad. El ternero, por ejemplo, ha heredado dientes que nunca llegan a cortar las encías de la mandíbula superior de un progenitor primitivo que poseía dientes bien desarrollados; y podemos creer que los dientes del animal adulto fueron reducidos antiguamente por el desuso, debido a que la lengua, el paladar o los labios se adaptaron de manera excelente mediante la selección natural para ramonear sin su ayuda; mientras que en el ternero los dientes no se han visto afectados y, según el principio de la herencia a las edades correspondientes, se han heredado desde un periodo remoto hasta el día de hoy. Desde el punto de vista de que cada organismo, con todas sus partes separadas, ha sido creado especialmente, resulta del todo inexplicable que aparezcan con tanta frecuencia órganos que llevan el sello evidente de la inutilidad, como los dientes en el ternero embrionario o las alas atrofiadas bajo los élitros soldados de muchos escarabajos. Podría decirse que la naturaleza se ha tomado la molestia de revelar su plan de modificación por medio de órganos rudimentarios, de estructuras embriológicas y homólogas, pero somos demasiado ciegos para comprender su significado.
He recapitulado ya los hechos y las consideraciones que me han convencido plenamente de que las especies se han modificado durante un largo curso de descendencia. Esto se ha efectuado principalmente mediante la selección natural de numerosas variaciones sucesivas, ligeras y favorables; ayudada de manera importante por los efectos heredados del uso y desuso de los órganos; y de manera poco importante, es decir, en