Si bajo condiciones de vida cambiantes los seres orgánicos presentan diferencias individuales en casi todas las partes de su estructura, y esto no puede disputarse; si hay, debido a su ritmo geométrico de aumento, una severa lucha por la vida a cierta edad, estación o año, y esto ciertamente no puede disputarse; entonces, considerando la infinita complejidad de las relaciones de todos los seres orgánicos entre sí y con sus condiciones de vida, lo que hace que una diversidad infinita en estructura, constitución y hábitos les sea ventajosa, sería un hecho extraordinario que no hubiese ocurrido nunca ninguna variación útil para el bienestar propio de cada ser, de la misma manera en que han ocurrido tantas variaciones útiles para el hombre.
Pero si alguna vez ocurren variaciones útiles para cualquier ser orgánico, ciertamente los individuos así caracterizados tendrán la mejor probabilidad de ser preservados en la lucha por la vida; y, por el fuerte principio de la herencia, estos tenderán a producir descendencia con características similares.
A este principio de preservación, o la supervivencia del más apto, lo he llamado selección natural. Ello conduce al perfeccionamiento de cada criatura en relación con sus condiciones de vida orgánicas e inorgánicas; y, por consiguiente, en la mayoría de los casos, a lo que debe considerarse como un avance en la organización. Sin embargo, las formas bajas y simples perdurarán largo tiempo si están bien adaptadas a sus simples condiciones de vida.
La selección natural, basándose en el principio de que las cualidades se heredan a las edades correspondientes, puede modificar el huevo, la semilla o la joven criatura con tanta facilidad como al adulto.