cómo es que el zorzal de la América del Sur tropical forra su nido con barro, de la misma manera peculiar en que lo hace nuestro zorzal británico; cómo es que los cálaos de África y la India tienen el mismo instinto extraordinario de tapar y encierran a las hembras en el hueco de un árbol, dejando tan solo un pequeño orificio en el revoque a través del cual los machos las alimentan a ellas y a sus crías una vez nacidas; cómo es que los machos de los reyezuelos (Troglodytes) de América del Norte construyen «nidos de gallo» para pernoctar, al igual que los machos de nuestros reyezuelos comunes —un hábito totalmente distinto al de cualquier otra ave conocida—. Finalmente, puede que no sea una deducción lógica, pero para mi imaginación resulta mucho más satisfactorio considerar instintos tales como el joven cuco que expulsa a sus hermanos adoptivos, las hormigas que hacen esclavos, las larvas de los icneumónidos que se alimentan dentro de los cuerpos vivos de las orugas, no como instintos especialmente dotados o creados, sino como pequeñas consecuencias de una ley general que conduce al progreso de todos los seres orgánicos —a saber, multiplicaos, variaos, dejad que viva el más fuerte y muera el más débil—.
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Resumen
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