que existen. Como cierto parecido burdo es necesario para el primer punto de partida, podemos comprender por qué los animales mayores y superiores no se parecen (con la excepción, que yo sepa, de un pez), para protegerse, a objetos especiales, sino únicamente a la superficie que comúnmente los rodea, y esto principalmente en el color. Suponiendo que un insecto por casualidad se pareciera originalmente en cierto grado a una ramita seca o a una hoja marchita, y que variara ligeramente de muchas maneras, entonces todas las variaciones que hicieran al insecto un poco más semejante a cualquiera de dichos objetos, favoreciendo así su huida, se conservarían, mientras que las otras variaciones serian desdeñadas y a la larga se perderían; o, si hicieran al insecto un poco menos semejante al objeto imitado, serían eliminadas. Habría en verdad solidez en la objeción del Sr. Mivart si intentáramos explicar los parecidos anteriores, independientemente de la selección natural, mediante una mera variabilidad fluctuante; pero, tal como están las cosas, no la hay.
Table of Contents
VII. Objeciones diversas a la teoría de la selección natural
341