Se ha objetado a la anterior opinión sobre el origen de los instintos que «las variaciones de la estructura y del instinto deben haber sido simultáneas y exactamente ajustadas entre sí, ya que una modificación en el uno sin un cambio correspondiente inmediato en el otro habría sido fatal». La fuerza de esta objeción descansa enteramente en el supuesto de que los cambios en los instintos y en la estructura son abruptos. Para tomar como ilustración el caso del carbonero común (Parus major), al que se alude en un capítulo anterior, esta ave a menudo sostiene las semillas del tejo entre sus patas sobre una rama y martillea con su pico hasta llegar al grano. Ahora bien, ¿qué dificultad especial habría en que la selección natural preservase todas las ligeras variaciones individuales en la forma del pico que estuviesen cada vez mejor adaptadas para abrir las semillas, hasta que se formara un pico tan bien construido para este propósito como el del trepador azul, al mismo tiempo que el hábito, o la compulsión, o las variaciones espontáneas del gusto condujeran al ave a volverse cada vez más granívora? En este caso se supone que el pico es modificado lentamente por la selección natural de manera posterior a, pero en concordancia con, unos hábitos o gustos que cambian lentamente; pero supóngase que las patas del carbonero varían y crecen más por correlación con el pico, o por cualquier otra causa desconocida, y no es improbable que tales patas más grandes indujeran al ave a trepar cada vez más hasta adquirir el notable instinto de trepar y la capacidad del trepador azul. En este caso se supone que un cambio gradual de estructura conduce a hábitos instintivos modificados. Para tomar un caso más: pocos instintos son más notables que el que lleva al vencejo de las Islas Orientales a construir su nido enteramente de saliva espesada. Algunas aves
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Objeciones a la teoría de la selección natural aplicada a los instintos: insectos neutros y estériles
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