Así, es bien sabido por los peleteros que los animales de la misma especie tienen un pelaje más espeso y de mejor calidad cuanto más al norte viven; pero ¿quién puede decir qué parte de esta diferencia se debe a que los individuos mejor provistos de abrigo han sido favorecidos y preservados durante muchas generaciones, y qué parte a la acción del clima severo? Pues parece ser que el clima ejerce cierta acción directa sobre el pelo de nuestros cuadrúpedos domésticos.
Podrían citarse casos de variedades similares producidas a partir de la misma especie bajo condiciones exteriores de vida tan diferentes como buenamente pueda concebirse; y, por otra parte, de variedades desemejantes producidas bajo condiciones exteriores aparentemente idénticas.
Asimismo, todo naturalista conoce innumerables casos de especies que se mantuvieron constantes, o que no variaron en absoluto, a pesar de vivir bajo los climas más opuestos.
Consideraciones como estas me inclinan a conceder menos importancia a la acción directa de las condiciones circundantes que a una tendencia a variar debida a causas que ignoramos por completo.
En cierto sentido puede decirse que las condiciones de vida no sólo causan variabilidad, ya sea directa o indirectamente, sino que asimismo incluyen la selección natural, pues las condiciones determinan si esta o aquella variedad ha de sobrevivir.
Pero cuando el hombre es el agente seleccionador, vemos claramente que los dos elementos del cambio son distintos; la variabilidad es excitada de algún modo, pero es la voluntad del hombre la que acumula las variaciones en una dirección determinada; y es esta última agencia la que corresponde a la supervivencia del más apto en la naturaleza.