como de prevalencia casi universal, y aun así no dejarnos ninguna duda sobre dónde debe ser ubicada. De ahí también que se haya descubierto que una clasificación basada en cualquier carácter individual, por muy importante que este sea, siempre ha fracasado; pues ninguna parte de la organización es invariablemente constante. La importancia de un conjunto de caracteres, aun cuando ninguno sea importante, explica por sí sola el aforismo enunciado por Linneo, a saber, que los caracteres no dan el género, sino que el género da el carácter; pues esto parece fundarse en la apreciación de muchos puntos de semejanza insignificantes, demasiado sutiles para ser definidos. Ciertas plantas, pertenecientes a las Malpighiaceae, producen flores perfectas y degradadas; en estas últimas, como ha señalado A. de Jussieu, «la mayor parte de los caracteres propios de la especie, del género, de la familia, de la clase, desaparecen, burlándose así de nuestra clasificación». Cuando la Aspicarpa produjo en Francia, durante varios años, únicamente estas flores degradadas —apartándose tan maravillosamente, en una serie de los puntos de estructura más importantes, del tipo propio del orden—, el señor Richard vio con sagacidad, como observa Jussieu, que este género debía conservarse aún entre las Malpighiaceae. Este caso ilustra bien el espíritu de nuestras clasificaciones.
Prácticamente, cuando los naturalistas están trabajando, no se preocupan por el valor fisiológico de los caracteres que emplean para definir un grupo o para ubicar una especie determinada. Si encuentran un caracter casi uniforme, común a un gran número de formas y no común a otras, lo utilizan como uno de gran valor; si es común a un número menor, lo usan como de valor subordinado.