Si el hombre puede, mediante la paciencia, seleccionar las variaciones que le son útiles, ¿por qué, bajo condiciones de vida cambiantes y complejas, no habrán de surgir a menudo variaciones útiles para los productos vivientes de la naturaleza, siendo estas preservadas o seleccionadas? ¿Qué límite se le puede poner a este poder, que actúa durante largos períodos y escrutina rigurosamente toda la constitución, estructura y costumbres de cada criatura, favoreciendo lo bueno y rechazando lo malo? No veo límite alguno a este poder para adaptar lenta y bellamente cada forma a las relaciones de vida más complejas. La teoría de la selección natural, aun si no miramos más allá de esto, parece sumamente probable. Ya he recapitulado, con la mayor equidad posible, las dificultades y objeciones contrarias: pasemos ahora a los hechos y argumentos especiales en favor de la teoría.
Bajo el punto de vista de que las especies son sólo variedades bien marcadas y permanentes, y de que cada especie existió primero como variedad, podemos comprender por qué no se puede trazar ninguna línea de demarcación entre las especies, que comúnmente se supone han sido producidas por actos especiales de creación, y las variedades que se reconoce han sido producidas por leyes secundarias. Bajo este mismo punto de vista podemos comprender cómo es que en una región donde se han producido muchas especies de un género, y donde ahora florecen, estas mismas especies deben presentar muchas variedades; pues allí donde la fábrica de especies ha estado activa, podemos esperar, como regla general, encontrarla todavía en acción; y éste es el caso si las variedades son especies incipientes. Además, las especies de los géneros más grandes, que ofrecen el mayor número de variedades o especies incipientes, conservan hasta cierto