afinado y puesto en un estado impecable; pero, por muy perfecto que fuera, creo que su verdadero encanto residía en el más feliz de todos los rostros felices que se inclinaba sobre él, mientras Beth tocaba con amor las hermosas teclas blancas y negras y pisaba los brillantes pedales.
—Tendrás que ir a darle las gracias —dijo Jo, a modo de broma; porque la idea de que la niña fuera realmente nunca se le pasó por la cabeza.
“Sí, eso pienso hacer. Supongo que iré ahora, antes de que me dé miedo pensarlo”.
Y, con el asombro absoluto de la familia reunida, Beth caminó deliberadamente por el jardín, cruzó el seto y entró por la puerta de los Laurence.
—¡Bueno, que me parta un rayo si no es lo más raro que he visto en mi vida! ¡A la pianista se le ha ido la cabeza! Jamás habría actuado así en su sano juicio —exclamó Hannah, mirándola boquiabierta, mientras las muchachas se quedaban sin habla ante tal milagro.
Se habrían asombrado aún más si hubiesen visto lo que Beth hizo después. Aunque les cueste creerlo, fue y llamó a la puerta del estudio antes de dar tiempo a pensárselo; y cuando una voz ronca gritó: «¡Adelante!», ella entró, se acercó directo al señor Laurence, que se quedó muy desconcertado, le tendió la mano y dijo, con apenas un leve temblor en la voz: «Vine a agradecerle, señor, por…». Pero no terminó la frase, pues él tenía un aspecto tan amable que olvidó su discurso y, recordando únicamente que él había perdido a la niña que amaba, le rodeó el cuello con ambos brazos y lo besó.
Si el tejado de la casa hubiera salido volando de repente, el anciano caballero no se habría quedado más asombrado; ¡pero le gustó—vaya que sí, le gustó muchísimo!— y se sintió tan conmovido y halagado por aquel tierno y confiado besito que toda su aspereza se desvaneció; y se limitó a