rastros de los muy queridos muchachos, por los cuales él se esclaviza. Tras un gran revuelco, se encontraron tres de los artículos desaparecidos: uno sobre la pajarera, otro cubierto de tinta, y un tercero quemado de color marrón, por haber sido usado como agarrador. > > “—¡Menudo hombre! —se rio la bondadosa señora K., mientras metía las reliquias en el saco de los trapos—. Supongo que los demás están hechos pedazos para aparejar barcos, vendar dedos cortados o hacer colas de cometa. Es terrible, pero no puedo regañarle: es tan despistado y bonachón que deja que esos chicos le pasen por encima sin miramientos. Acordé hacerle la colada y los remiendos, pero él se olvida de sacar sus cosas y yo me olvido de revisarlas, así que a veces se ve en un apuro triste. > > “—Déjeme remendárselas a mí —dije—. No me importa, y él no tiene por qué enterarse. Me gustaría; es muy amable conmigo al traerme las cartas y prestarme libros. > > “Así que le he puesto las cosas en orden y le he tejido los talones a dos pares de calcetines, pues estaban deformados con sus extraños zurcidos. No se dijo nada, y esperaba que no se diera cuenta, pero un día de la semana pasada me pilló en ello. Escuchar las lecciones que da a otros me ha interesado y divertido tanto que me dio capricho de aprender; pues Tina entra y sale, dejando la puerta abierta, y puedo oír. Había estado sentada cerca de esta puerta, terminando el último calcetín e intentando comprender lo que le decía a un nuevo alumno, que es tan tonto como yo. La chica se había ido, y creí que él también, pues reinaba mucho silencio, y yo andaba mascullando un verbo afanosamente y me
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XXXIII. El diario de Jo
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