de un modo que dañó tanto su dignidad filosófica como deleitó su alma infantil.
—¡Válgame Dios si no va de seda de pies a cabeza! ¿No es un deleite verla sentada ahí tan fina como un coral, y oír a la gente llamar a la pequeña Amy «señora Laurence»? —murmuraba la vieja Hannah, que no pudo resistir las frecuentes «ojeadas» a través de la ventanilla mientras ponía la mesa de la manera más decididamente caótica.
¡Valócenos Dios, cómo hablaban! Primero la una, luego la otra, después todas estallaron a la vez, intentando contar la historia de tres años en media hora. Fue una suerte que el té estuviera a mano para producir una tregua y proporcionar refrigerio, pues se habrían quedado roncas y desmayadas si hubiesen seguido mucho más tiempo. ¡Qué procesión tan feliz la que desfiló hacia el pequeño comedor! El señor March escoltaba orgulloso a la «señora Laurence»; la señora March se apoyaba con el mismo orgullo en el brazo de «mi hijo»; el anciano se llevó a Jo, con un susurro: «Ahora tendrás que ser mi chica», y una mirada al rincón vacío junto al fuego, que hizo que Jo le susurrase a su vez, con los labios temblorosos: «Intentaré ocupar su lugar, señor».
Los mellizos iban brincando detrás, con la sensación de que el milenio se acercaba, pues todo el mundo estaba tan ocupado con los recién llegados que los habían dejado divertirse a sus anchas, y pueden estar seguros de que aprovecharon al máximo la oportunidad. ¿Acaso no sorbieron a hurtadillas un poco de té, se hartaron de pan de jengibre ad libitum, consiguieron un bizcocho caliente cada uno y, como culminación de sus fechorías, no se metió cada cual una pequeña y tentadora tartaleta en sus diminutos bolsillos, para quedar allí pegadas y desmoronarse traicioneramente, enseñándoles que tanto la naturaleza humana como la repostería son frágiles? Agobiados por la conciencia culpable de las tartaletas secuestradas, y temiendo que los agudos ojos de Dodo atravesaran el delgado disfraz de batista y merino que ocultaba su botín, los