No fue nada romántico, pero una buena carcajada puso las cosas en orden de nuevo, pues descubrieron a Hannah detrás de la puerta, sollozando sobre el pavo gordo, que había olvidado dejar cuando subió apresurada desde la cocina.
Al apagarse las risas, la señora March empezó a agradecer al señor Brooke su fiel cuidado de su esposo, ante lo cual el señor Brooke recordó de repente que el señor March necesitaba descansar y, agarrando a Laurie, se retiró precipitadamente.
Luego se ordenó a los dos inválidos que reposaran, lo cual hicieron sentándose ambos en un sillón grande y charlando sin parar.
El señor March contó cómo había anhelado sorprenderlas, y cómo, al llegar el buen tiempo, su médico le había permitido aprovecharlo; cuán devoto había sido Brooke y qué joven tan estimable e íntegro era en todos los aspectos.
Por qué el señor March se detuvo un minuto justo ahí, y, tras echar una ojeada a Meg, que removía enérgicamente las fogatas, miró a su esposa levantando las cejas de forma inquisitiva, se lo dejo a ustedes imaginar; lo mismo que por qué la señora March asentó con la cabeza suavemente y preguntó, más bien de golpe, si no quería comer algo.
Jo vio y comprendió la mirada; y se alejó con paso sombrío para buscar vino y consomé de carne, mascullando para sus adentros, mientras cerraba la puerta de un golpe: «¡Odio a los jóvenes estimables de ojos castaños!».
Jamás hubo una cena de Navidad como la que tuvieron aquel día. El pavo gordo era digno de verse cuando Hannah lo mandó subir, relleno, dorado y decorado; lo mismo sucedió con el budín de ciruelas, que se deshacía en la boca, e igual con las gelatinas, en las que Amy se deleitaba como una mosca en un tarro de miel.