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nydus/Little WomenPublic
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XXXIV. Un amigo

glaciales, charlaban sobre arte mientras se entregaban a las ostras y a los helados con energía característica; el joven músico, que encandilaba a la ciudad como un segundo Orfeo, hablaba de caballos; y el espécimen de la nobleza británica presente resultó ser el hombre más corriente de la reunión.

Antes de que la noche fuera a mitad de su curso, Jo se sentía tan completamente désillusionée, que se sentó en un rincón para recomponerse.

El señor Bhaer no tardó en unirse a ella, con un aire bastante fuera de lugar, y pronto varios de los filósofos, cada cual montado en su caballo de batalla, se acercaron al trote para entablar un torneo intelectual en el rincón.

La conversación estaba a años luz de la comprensión de Jo, pero ella la disfrutaba, a pesar de que Kant y Hegel eran dioses desconocidos, lo Subjetivo y lo Objetivo, términos ininteligibles; y lo único «evolucionado de su conciencia interior» fue un fuerte dolor de cabeza una vez que todo hubo terminado.

Se fue dando cuenta poco a poco de que el mundo estaba siendo despedazado y recompuesto según principios nuevos y, a decir de los hablantes, infinitamente mejores que antes; de que la religión iba camino de ser reducida a la nada a base de raciocinios, y el intelecto iba a ser el único Dios.

Jo no sabía nada de filosofía ni de metafísica de ningún tipo, pero una curiosa emoción, mitad placentera, mitad dolorosa, se apoderó de ella mientras escuchaba con la sensación de ser lanzada a la deriva en el tiempo y el espacio, como un globo jovencito que se hubiera escapado a pasar el día.

Miró a su alrededor para ver qué le parecía al profesor, y lo encontró mirándola con la expresión más sombriza que jamás le hubiera visto. Él

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