Amy estaba dibujando a los enamorados, que se sentaban aparte en un mundo hermoso y propio, cuya luz iluminaba sus rostros con una gracia que la pequeña artista no podía copiar. Beth yacía en su sofá, conversando alegremente con su viejo amigo, quien le sostenía la manita como si sintiera que esta poseía el poder de guiarlo por el camino pacífico que ella recorría. Jo descansaba en su asiento bajo favorito, con la expresión seria y tranquila que mejor le sentaba; y Laurie, apoyado en el respaldo de su silla, con la barbilla a la altura de su cabeza rizada, sonreía con su aspecto más amistoso y la saludaba con la cabeza en el espejo largo que reflejaba a ambos.
Así agrupadas, cae el telón sobre Meg, Jo, Beth y Amy. Si volverá a levantarse alguna vez, depende de la acogida que se le dé al primer acto del drama doméstico titulado «Mujercitas».