El señor Laurence volvió corriendo con Beth, trayendo cuantas comodidades el amable anciano pudo imaginar para la enferma, y las más amistosas promesas de protección para las chicas durante la ausencia de la madre, lo cual la consoló muchísimo.
No hubo nada que no ofreciera, desde su propia bata hasta sí mismo como escolta. Pero esto último era imposible. La señora March ni siquiera quiso oír hablar de que el anciano emprendiera el largo viaje; sin embargo, se le notó una expresión de alivio cuando lo mencionó, pues la ansiedad casa mal con los viajes. Él vio esa mirada, frunció sus tupidas cejas, se frotó las manos y se marchó bruscamente, diciendo que volvería en un instante.
Nadie tuvo tiempo de pensar de nuevo en él hasta que, al correr Meg por el vestíbulo con un par de chanclos en una mano y una taza de té en la otra, tropezó de repente con el señor Brooke.
—Lamento mucho enterarme de esto, señorita March —dijo,