“No sabía cuánto, hasta que te insultó”, empezó Meg.
—Y no tengo que irme, sino que puedo quedarme y ser feliz, ¿verdad, querido?
Aquí había otra excelente oportunidad para pronunciar el discurso aplastante y hacer una salida majestuosa, pero a Meg ni se le pasó por la cabeza hacer ninguna de las dos cosas, y se deshonró para siempre ante los ojos de Jo al susurrar mansamente: «Sí, John», y esconder la cara en el chaleco del señor Brooke.
Quince minutos después de la marcha de tía March, Jo bajó sigilosamente las escaleras, se detuvo un instante en la puerta del salón y, al no oír ningún sonido dentro, asintió y sonrió con expresión de satisfacción, diciéndose a sí misma: «Lo ha mandado a atizar como planeamos y ese asunto está arreglado. Iré a escuchar la gracia y a reírme un buen rato de ello».
Pero la pobre Jo no llegó a reírse, pues se quedó petrificada en el umbral ante un espectáculo que la retuvo allí, contemplándolo con la boca casi tan abierta como los ojos. Al entrar para regodearse de una enemiga caída y alabar a una hermana de criterio firme por el destierro de un pretendiente indeseable, fue sin duda un impacto contemplar al susodicho enemigo sentado plácidamente en el sofá, con la hermana de criterio firme entronizada en su rodilla y ostentando una expresión de la más abyecta sumisión.