—¿Reír? ¡Ni una! Se quedaron tan quietas como ratones; y Susie lloró a cántaros, sé que lo hizo. No la envidiaba yo entonces; pues sentía que millones de anillos de cornalina no me habrían hecho feliz después de aquello. Nunca, jamás habría superado una humillación tan agonizante.
Y Amy continuó con su labor, con la orgullosa conciencia de la virtud y la exitosa pronunciación de dos palabras largas de un solo aliento.
“Vi algo que me gustó esta mañana, y tenía la intención de contarlo en la cena, pero lo olvidé”, dijo Beth, ordenando el cesto patas arriba de Jo mientras hablaba.
“Cuando fui a comprar unas ostras para Hannah, el señor Laurence estaba en la pescadería; pero no me vio, porque me quedé detrás de un barril, y él estaba ocupado con el señor Cutter, el pescadero. Una pobre mujer entró, con un cubo y una fregona, y le preguntó al señor Cutter si la dejaba fregar un poco a cambio de un trozo de pescado, porque no tenía comida para sus hijos y le habían cancelado un día de trabajo. El señor Cutter tenía prisa y dijo ‘No’, bastante groseramente; así que ella se iba a marchar, con cara de hambre y tristeza, cuando el señor Laurence enganchó un pez grande con el extremo curvo de su bastón y se lo ofreció. Se puso tan contenta y sorprendida que lo cogió directamente en brazos y le dio las gracias una y otra vez. Él le dijo que ‘fuera a cocinarlo’, ¡y ella se apresuró a marchar, tan feliz! ¿No fue muy bueno de su parte? Oh, sí que parecía graciosa, abrazando al pez grande y resbaladizo, y deseando que la cama del señor Laurence en el cielo fuera ‘cómoda’”.
Cuando se hubieron reído de la historia de Beth, le pidieron una a su madre; y, tras un momento de reflexión, ella dijo con seriedad: