lado a otro, abanicándose y sacudiendo la cabeza, sobre la cual llevaba un gran turbante rosa que contrastaba extrañamente con su vestido de brocado azul y su enagua acolchada amarilla. Se veía obligada a caminar con cuidado, pues llevaba zapatos de tacón alto, y, como Laurie le contó a Jo después, era un espectáculo cómico verla menendose con su vistoso traje, con Polly caminando de lado y echándose atrás justo detrás de ella, imitándola lo mejor que podía y deteniéndose de vez en cuando para reírse o exclamar: «¿A que estamos elegantes? ¡Anda ya, qué espanto! ¡Cállate la boca! ¡Bésame, querida! ¡Ja, ja!».
Habiendo contenido con dificultad una explosión de alegría, por miedo a ofender a su majestad, Laurie llamó a la puerta y fue recibido con benevolencia.
—Siéntate a descansar mientras guardo estas cosas; luego quiero consultarte sobre un asunto muy serio —dijo Amy, después de haber mostrado su esplendor y arrinconado a Polly.
—Ese pájaro es la prueba de mi vida —continuó, quitándose la montaña rosa de la cabeza, mientras Laurie se sentaba a horcajadas en una silla.
—Ayer, cuando la tía estaba dormida y yo intentaba estar tan callada como un ratón, Polly empezó a chillar y a aletear en su jaula; así que fui a dejarlo salir y encontré una araña grande allí. La saqué a empujones y se metió debajo de la librería; Polly marchó directo tras ella, se agachó y miró debajo de la librería, diciendo, a su graciosa manera, con un guiño de ojo: «Sal a dar un paseo, querida». No pude evitar reír, lo que hizo que Poll dijera groserías, y la tía se despertó y nos regañó a los dos.
—¿Aceptó la araña la invitación del viejo? —preguntó Laurie, bostezando.
—Sí; salió de golpe, y allí salió huyendo Polly, muerta de miedo, y se trepó a la silla de la tía, gritando: «¡Agárrala! ¡agárrala! ¡agárrala!», mientras yo perseguía a la araña.