padre: «¡Cómo disfrutaría él teniendo a un hombre como mi Profesor con quien hablar todos los días!». Por último, el señor Bhaer iba vestido con un traje negro nuevo, lo que lo hacía parecer más un caballero que nunca. Su espeso cabello había sido cortado y cepillado sin aplanar, pero no se mantuvo en orden por mucho tiempo, pues, en los momentos emocionantes, lo alborotaba de la manera divertida que solía hacerlo; y a Jo le gustaba indómitamente erecto más que lacio, porque pensaba que le otorgaba a su fina frente un aspecto jovial. Pobre Jo, cómo idealizaba a aquel hombre corriente, mientras estaba allí sentada tejiendo tan tranquilamente, sin dejar escapar nada, ¡ni siquiera el hecho de que el señor Bhaer tuviera realmente botones de oro en los puños impecables de sus mangas!
—¡Querido viejo! No se habría arreglado con más esmero ni que fuera a hacer la corte —se dijo Jo a sí misma; y entonces un pensamiento repentino, engendrado por las palabras, la hizo sonrojarse de tal manera que tuvo que soltar su ovillo e ir tras él para ocultar la cara.
La maniobra no tuvo tanto éxito como esperaba, sin embargo; pues, aunque estaba justo en el acto de prender fuego a una pira funeraria, el profesor dejó caer su antorcha, por decirlo metafóricamente, y se lanzó en picada tras la pequeña bola azul.
Por supuesto, chocaron fuertemente las cabezas, vieron las estrellas y ambos emergieron sonrojados y riendo, sin la bola, para retomar sus asientos, deseando no haberse levantado de ellos.
Nadie supo a dónde se fue la tarde; pues Hannah apartó hábilmente a los bebés a una temprana hora, cabeceando como dos amapolas rosadas, y el señor Laurence se fue a casa a descansar.