Laurie interpretaba al «señor de la mansión» de la manera más encantadora.
Pero Beth, aunque suspiraba por el piano de cola, no se atrevía a ir a la «Mansión de la dicha», como la llamaba Meg. Fue una vez con Jo; pero el anciano, sin reparar en su timidez, la miró tan fijamente desde debajo de sus espesas cejas y dijo «¡Eh!» tan fuerte, que la asustó tanto que le «temblaban los pies en el suelo», según le contó a su madre; y salió huyendo, declarando que no volvería a ir allí jamás, ni siquiera por el querido piano. Ninguna persuasión ni tentación pudo vencer su miedo, hasta que, habiendo llegado el asunto a oídos del señor Laurence por algún misterioso conducto, este se dispuso a arreglar las cosas. Durante una de sus breves visitas, condujo hábilmente la conversación hacia la música y se explayó hablando de grandes cantantes que había visto, de magníficos órganos que había oído, y contó anécdotas tan encantadoras que a Beth le fue imposible seguir en su rincón apartado, sino que se fue acercando cada vez más, como si estuviera fascinada. Detrás de su silla se detuvo y se quedó escuchando, con los grandes ojos muy abiertos y las mejillas encendidas por la emoción de aquella insólita actuación. Sin prestarle más atención que si hubiera sido una mosca, el señor Laurence siguió hablando de las lecciones y los profesores de Laurie; y de pronto, como si la idea acabara ocurrírsele, le dijo a la señora March—
—El muchacho ha dejado la música ahora, y me alegro, porque le estaba tomando demasiado aprecio. Pero el piano se resiente por falta de uso. ¿A alguna de sus muchachitas no le gustaría venir de vez en cuando a practicar en él, sólo para mantenerlo afinado, ya sabe, señora?
Beth dio un paso adelante y juntó las manos con fuerza para contener las ganas de aplaudir, pues aquello era una tentación irresistible, y la idea de tocar en aquel magnífico instrumento la dejó sin aliento. Antes de que la señora March pudiera responder, el señor Laurence continuó con un pequeño y extraño movimiento de cabeza y una sonrisa—