—¿Por qué? —preguntó Meg con expresión de sorpresa.
—Porque si te importan mucho las riquezas, nunca vas a ir y casarte con un hombre pobre —dijo Jo, frunciendo el ceño hacia Laurie, quien le advertía en silencio que tuviera cuidado con lo que decía.
—Nunca «iré a casarme» con nadie —observó Meg, caminando con gran dignidad, mientras las otras la seguían, riendo, susurrando, haciendo rebotar piedras en el agua y «portándose como niñas», tal como pensaba Meg para sus adentros, aunque bien habría podido sentirse tentada a unirse a ellas si no hubiera tenido puesta su mejor ropa.
Durante una semana o dos, Jo se portó de un modo tan extrañísimo que sus hermanas estaban de lo más desconcertadas.
- Iba corriendo a la puerta cuando sonaba el cartero;
- era grosera con el señor Brooke cada vez que se encontraban;
- se quedaba mirando a Meg con cara de desconsuelo, levantándose de vez en cuando para zarandearla y luego besarla, de un modo de lo más misterioso;
- Laurie y ella no paraban de hacerse señales el uno a la otra y de hablar de «Águilas bicéfalas», hasta que las muchachas declararon que ambos habían perdido el juicio.
El segundo sábado después de que Jo se escapara por la ventana, Meg, mientras cosía sentada junto a la suya, se quedó escandalizada al ver a Laurie persiguiendo a Jo por todo el jardín y atrapándola finalmente en el cenador de Amy. Lo que pasó allí, Meg no pudo verlo; pero se oyeron estallidos de risa, seguidos por un murmullo de voces y un gran aleteo de periódicos.
—¿Qué vamos a hacer con esa chica? Nunca se comportará como una señorita —suspiró Meg, mientras observaba la carrera con cara de desaprobación.