Era agradable, pues con mal tiempo Meg solía sentirse sola; todos estaban ocupados en casa, John ausente hasta la noche, y no había nada que hacer salvo coser, leer o andar trasteando por ahí. Así que, de manera natural, Meg adquirió la costumbre de corretear y chismorrear con su amiga. Ver las bonitas cosas de Sallie hacía que suspirara por tenerlas y se compadeciera a sí misma por no poseerlas. Sallie era muy amable y a menudo le ofrecía las codiciadas naderías; pero Meg las rechazaba, sabiendo que a John no le gustaría; y entonces aquella tontuela hizo lo que a John le disgustaba infinitamente más.
Ella conocía los ingresos de su esposo, y le encantaba sentir que él confíaba en ella, no solo con su felicidad, sino con lo que algunos hombres parecen valorar más: su dinero. Sabía dónde estaba, tenía libertad para tomar lo que quisiera, y todo lo que él le pedía era que llevara la cuenta de cada centavo, pagara las cuentas una vez al mes y recordara que era la esposa de un hombre pobre. Hasta entonces, lo había hecho bien, había sido prudente y exacta, había llevado sus pequeños libros de cuentas con pulcritud y se los había mostrado mensualmente sin temor. Pero aquel otoño la serpiente se metió en el paraíso de Meg y la tentó, como a tantas Evas modernas, no con manzanas, sino con vestidos. A Meg no le gustaba que la compadecieran y la hicieran sentir pobre; eso la irritaba, pero le daba vergüenza confesarlo, y de vez en cuando intentaba consolarse comprando algo lindo, para que Sallie no pensara que tenía que economizar. Siempre se sentía malvada después de hacerlo, pues las cosas lindas rara vez eran necesarias; pero como costaban tan poco, no valía la pena preocuparse; así que las pequeñeces aumentaron sin que se diera cuenta, y en las excursiones de compras ya no era una espectadora pasiva.
Pero las naderías costaban más de lo que uno se imaginaba; y cuando hacía cuentas a fin de mes, la suma total la asustaba un poco.