—Cuéntanos todo.
—¿Cuándo llegó?
—¿Cuánto te dieron por él?
—¿Qué dirá papá?
—¿No se reirá Laurie?
—exclamó la familia, toda a una voz, mientras se aplegaban en torno a Jo; pues aquella gente insensata y cariñosa celebraba como un jubileo cada pequeña alegría del hogar.
—Dejen de parlotear, muchachas, y les contaré todo —dijo Jo, preguntándose si la señorita Burney se sentiría más grandiosa con su «Evelina» que ella con sus «Pintores rivales».
Tras haber contado cómo se había deshecho de sus relatos, Jo añadió: —Y, cuando fui a buscar mi respuesta, el hombre me dijo que le gustaban ambos, pero que no les pagaba a los principiantes, que solo los dejaba imprimir en su periódico y reseñaba las historias. Era una buena práctica, dijo; y cuando los principiantes mejoraran, cualquiera les pagaría. Así que le dejé los dos cuentos, y hoy me han enviado esto, y Laurie me sorprendió con él, e insistió en verlo, así que se lo enseñé; y dijo que era bueno, y escribiré más, y él va a conseguir que paguen el próximo, y soy tan feliz, porque con el tiempo tal vez pueda mantenerme a mí misma y ayudar a las muchachas.
A Jo le faltó el aliento en este punto; y, envolviendo su cabeza en el papel, regó su pequeño relato con unas cuantas lágrimas naturales; pues ser independiente y ganar elena de los que amaba eran los deseos más caros de su corazón, y aquello parecía ser el primer paso hacia ese fin feliz.