doncella que me atienda —dijo Meg, mientras Jo le vendaba el pie con árnica y le cepillaba el cabello.
«No creo que a las señoritas distinguidas les divierta las cosas ni un ápice más que a nosotras, a pesar de nuestro cabello chamuscado, nuestros vestidos viejos, un solo guante para cada una y los zapatos estrechos que nos tuercen los tobillos cuando somos tan tontas como para ponérnoslos».
Y creo que Jo tenía toda la razón.