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nydus/Little WomenPublic
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XXIX. Llamadas

La pobre Jo lució abochornada y se frotó en silencio la punta de la nariz con el pañuelo almidonado, como si estuviera cumpliendo una penitencia por sus faltas.

“¿Cómo debo portarme aquí?”, preguntó, mientras se acercaban a la tercera mansión.

—Como quieras; me lavo las manos contigo —fue la cortante respuesta de Amy.

—Entonces me divertiré. Los chicos están en casa y pasaremos un rato agradable. Sabe Dios que necesito un poco de cambio, porque la elegancia le sienta muy mal a mi constitución —contestó Jo con brusquedad, molesta por no haber dado pie con bola.

Una entusiasta bienvenida por parte de tres muchachotes y varios niños lindos calmó rápidamente sus alborotados sentimientos; y, dejando a Amy para que entretuviera a la anfitriona y al señor Tudor, que casualmente también estaba de visita, Jo se entregó en cuerpo y alma a los jóvenes, y halló el cambio de lo más refrescante.

Escuchó historias universitarias con hondo interés, acarició perdigueros y caniches sin proferir una sola queja, convino de corazón en que «Tom Brown era un encanto», haciendo caso omiso de la impropia forma de elogio; y cuando un muchacho le propuso ir a ver su estanque de tortugas, ella acudió con una presteza que hizo que mamá le sonriera, mientras esa maternal dama se acomodaba la cofia, la cual había quedado en ruinosas condiciones debido a los abrazos filiales, propios de osos pero afectuosos, y más queridos para ella que el peinado más impecable salido de las manos de una inspirada francesa.

Dejando a su hermana abandonada a su suerte, Amy se dispuso a divertirse a más no poder.

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