más sabio consejo; pecadores le confesaban sus pecados al hombre de corazón puro, y salían a la vez reprendidos y salvados; hombres dotados de talento hallaban en él a un compañero; hombres ambiciosos vislumbraban ambiciones más nobles que las propias; y hasta los mundanos confesaban que sus creencias eran hermosas y verdaderas, aunque «no daban dinero».
Para los extraños, las cinco enérgicas mujeres parecían mandar en la casa, y así lo hacían en muchas cosas; pero el callado erudito, sentado entre sus libros, seguía siendo la cabeza de la familia, la conciencia del hogar, el ancla y el consolador; pues a él las atareadas y ansiosas mujeres siempre acudían en los tiempos difíciles, hallando en él, en el más verdadero sentido de esas sagradas palabras, esposo y padre.
Las niñas entregaron sus corazones al cuidado de su madre y sus almas al de su padre; y a ambos progenitores, que vivieron y trabajaron con tanta fidelidad por ellas, les entregaron un amor que creció con su crecimiento y las unió tiernamente mediante el lazo más dulce que bendice la vida y sobrevive a la muerte.
La señora March está tan enérgica y alegre, aunque con bastantes más canas, que la última vez que la vimos, y en este momento está tan absorta en los asuntos de Meg que los hospitales y asilos, todavía llenos de «muchachos» heridos y viudas de soldados, echan decididamente de menos las visitas de la misionera maternal.
John Brooke cumplió con su deber como un hombre durante un año, fue herido, lo mandaron a casa y no se le permitió regresar. No recibió estrellas ni galones, pero se los merecía, pues arriesgó alegremente todo lo que tenía; y la vida y el amor son muy preciosos cuando ambos están en plena floración.